miércoles, 4 de noviembre de 2015

No eran mochistas, tenían miedo a morir. La defección del batallón Lara en el combate de Carazúa (1901) desde la perspectiva de la historia de las emociones

Leí esta ponencia el 29 de octubre de 2015 en las V Jornadas de Investigación de la Escuela de Historia de la Universidad Central de Venezuela.
NO ERAN MOCHISTAS, TENÍAN MIEDO A MORIR. LA DEFECCIÓN DEL BATALLÓN LARA EN EL COMBATE DE CARAZÚA (1901) DESDE LA PERSPECTIVA DE LA HISTORIA DE LAS EMOCIONES
In memóriam: dedico esta ponencia a la talentosa señorita  Milena Ramos Duque, quien soñaba con hacerse investigadora, pero cayó víctima de la violencia delincuencial que hoy desangra a nuestra sociedad
Resumen
El 13 de septiembre de 1901, en la ranchería indígena de Carazúa, cerca de Riohacha, un ejército expedicionario venezolano combatió contra tropas del gobierno colombiano. Los venezolanos salieron derrotados. Durante la refriega, hubo abundantes muestras de coraje y patriotismo por ambos bandos; sin embargo, también ocurrió un hecho desafortunado y en apariencia inexplicable para las armas venezolanas: el batallón Lara defeccionó en masa a poco de iniciado el combate, una fatalidad que tendría a la postre terribles consecuencias. Al principio, corrió la especie de que los larenses habían desertado al declararse partidarios del general José Manuel Hernández, enemigo del presidente Cipriano Castro; otros, más tarde, prefirieron despachar el asunto calificándolo de incomprensible. Esta investigación desliza una explicación alternativa sobre la desbandada de la unidad militar, sustentada en el examen intensivo de la documentación disponible y en los aportes teóricos y metodológicos de la historia de las emociones, en particular, de la historia del miedo, explicación esta en la que el instinto de supervivencia pesa más que el patriotismo.
Palabras clave: Carazúa, batallón Lara, defección, miedo.
Introducción
Una barquisimetana y calurosa tarde de septiembre en una buseta pública. A mi lado, una señora habla por teléfono a quien llama su hija. Tras algunos minutos de reprimendas y quedos consejos, la matrona eleva súbitamente el volumen de su voz, ofuscada: «No me interesa. Que me escuche. Yo no lo tengo miedo a nadie. Ni a la muerte le tengo miedo». No recuerdo que diría después porque su declaración me cegó los oídos. Era provocadora, inquietante pese a su grosera simpleza. El resto del trayecto lo pasé desmigajando el mensaje. Sí, es cierto: convengamos en que hay personas, muchas en realidad, y siempre las ha habido y las habrá, que no temen morir, o, cuando menos dicen no temerlo. Ejemplos abundan de hombres y mujeres que han asumido con pasmosa serenidad el último desafío. Otros incluso lo han propiciado por diferentes métodos y motivos. Pero también digamos, para ser justos, que la mayoría de los mortales resiente y teme —tememos— de esa humana condición. «El miedo es fundamentalmente el miedo a la muerte», afirma el historiador francés Jean Delumeau. Para su colega neozelandesa Joanna Bourke, especialista como aquel en estos menesteres, el miedo humano no puede reducirse en último término al miedo a morir; al menos, no al de la propia muerte: «Cualquier padre le dirá que teme más a la muerte de un hijo que a la suya propia», sostiene. «Hay cosas peores que la muerte», añade. ¿Emblematiza o no la muerte el miedo humano? No es este el asunto que interesa desentrañar ahora. Con todo, hay algo notable en la negación: declarar «ni a la muerte le tengo miedo» es tanto como decir que hay pocas cosas a las que el ser humano le tema más.
La anécdota nada tiene de gratuito. Por meses me ha asediado un escrúpulo epistemológico elemental: ¿Fue en realidad por temor a morir que ese puñado de soldados larenses de quienes acá se hablará abandonó sus posiciones, su honor, sus deberes para con la urgida patria? ¿no será más bien la mía una alucinada lectura de los documentos? ¿estoy forzando la comprobación de una hipótesis? Ni una sola vez aparece la palabra miedo en las fuentes examinadas. Hasta donde sé, nadie acusa de cobardía al comandante de la tropa larense ni a sus soldados. Con todo, hay gestos, hay indicios que permiten cartografiar el suceso en clave de reacción emocional. Y esos trazos dispersos son los que trato de rehacer en esta narración. Así mismo, la condición marginal de la tropa hace que esta sea en buena medida una historia desde abajo. Una historia desde abajo y desde adentro, se podría decir, afinando el enfoque, habida cuenta de que el énfasis está puesto en lo emocional que, como sabemos, no siempre se exterioriza.
Una derrota. Unos soldados sospechosos de cobardía. Una falsa acusación de mochismo, que es como decir, de traidores a la Causa Restauradora. Un expediente judicial abierto a unos infortunados, primero soldados a la fuerza, después presos políticos, que no saben leer ni escribir, pero que por la circunstancia terrible de su prisión, y con la insospechada colaboración de sus captores, se dejan oír. He allí el reto historiográfico que comporta estudiar la defección de los larenses en Carazúa. Poco se abonará aquí a la épica heroica que ha configurado nuestra historiografía más tradicional. Poco, o, mejor, nada. Pero el registro emocional que subyace en las actuaciones y en las palabras de estos soldados es, en cambio, tesoro que obsede al historiador de las emociones. Reformulo la pregunta enunciada arriba: ¿Sintieron miedo a morir los larenses huidos del campo de Carazúa? El insalvable obstáculo de no poder observar directamente los fenómenos que un historiador acomete, nos incapacita para medir los presumibles cambios en la temperatura corporal o la presión sanguínea del zapatero Heliodoro Aguilar o el sospechable acelerar en el ritmo respiratorio del arriero Francisco Moreno. No sabemos si el albañil Juan Yépez sintió temblar sus piernas o si los intestinos del agricultor Juan Vásquez o el jornalero José María Rodríguez los apremiaban. Lo que sí sabemos con certeza es que se desbandaron por los montes buscando volver a su tierra apenas iniciada la refriega. Así como que al verse acechados por los indios guajiros entregaban sus armas para que no los mataran. Sabemos que corrieron, se ocultaron, no dispararon, con el único propósito cierto de preservar la vida. Algo hay que decir entonces sobre este suceso leyendo el material documental bajo los auspicios teóricos de la historia de las emociones.
Precisiones conceptuales y categorías
Una tesis, una hipótesis. Pocas horas después de que el batallón Lara defeccionó en Carazúa, circuló la tesis de que sus miembros se habían pasado al bando enemigo por ser partidarios del general José Manuel Hernández, el Mocho. Como se verá más adelante, la conseja no pasó de ser un temprano y poco convincente intento de racionalizar la deshonrosa huida. A ella opongo como hipótesis de trabajo el miedo a morir que se apoderó de los reclutas larenses y les hizo, no solo abandonar la posición que ocupaban comprometiendo la suerte de sus correligionarios, sino a buscar algún modo de volver a sus tierras de origen, donde sus querencias. Digo «tierras» y no tierra porque parte de mi argumentación descansa en la confrontación de un tópico asaz manido en millares de páginas de historia criolla: el presunto patriotismo cuasi tisular y la consiguiente conciencia nacional rotunda de los venezolanos del siglo XIX y primeras décadas del XX.
Las emociones, lo emocional y la aprehensión histórica de lo emocional. «La única manera de revivir el pasado consiste en situar el factor humano a la misma altura que los ritmos de producción, los sistemas económicos, las clases sociales, las instituciones y las estructuras ideológicas». Inmejorable manera de decirlo la de Enrique Ruiz-Domènec (2006, p. 83). Las sensaciones, los gestos, la sensibilidad, palabras por tradición asociadas a temas irrelevantes, cursis incluso, son preciosas atalayas para el historiador de las emociones. La neurociencia, por boca de Feggy Ostrosky y Alicia Vélez (2013, p. 4), nos hace un recordatorio: «Sin las emociones, los seres humanos seríamos poco más que máquinas que trabajan de la misma manera día tras día. […] La vida sin sentimientos ni emociones sería superficial e incolora, pues carecería de valor y de significado». Un afamado colega suyo, el neurólogo portugués Antonio Damasio (2001), enfatiza en dos aspectos que no debemos perder de vista: primero, que las emociones no son un lujo, antes bien las respuestas corporales asociadas a ellas tienen un valor de supervivencia para la especie humana; segundo, que las emociones y el pensamiento racional están más imbricados de lo que creemos: su maridaje puede ser clave en la toma de ciertas decisiones.
Definamos la emoción con este como «un conjunto de cambios que tienen lugar a la vez en el cerebro y el cuerpo, por lo común producidos por un determinado contenido mental». Emoción deriva del latín emover, que traduce remover, agitar, conmover, excitar (Ostrosky y Vélez, 2013, p. 2). El diccionario académico (RAE, 2001, t. 4, p. 598) dice que una emoción es aquella «Alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática». Esta es, palabras más, palabras menos, la noción tradicional que se suele tener de una emoción. ‘Me alegra verte’, ‘me dio tristeza saber de la muerte de fulanito’, ‘la otra noche pasé un susto’, remiten a estados fuertes pero fugaces. Con todo, la neurobiología de las emociones ha probado la existencia de estados emocionales más duraderos. Damasio, por ejemplo, ha teorizado sobre lo que llama sentimientos de fondo.
Abono estas precisiones conceptuales para plantear las dificultades que le cumplen al historiador al tematizar y problematizar las emociones. El español Anaclet Pons, en una entrada de su blog Clionauta, anota: «¿Cómo comprender, pues, lo emocional? La solución es la señalada: a través de acciones o manifestaciones en las que lo emotivo se documenta». Hay fuentes en que las emociones son explícitas; en otras hay que inferirlas mediante lo actuado por los sujetos. A las emociones no se las puede guardar en el hermético tubo de ensayo; sin embargo, podemos rehacer un mapa emocional de los individuos rastreando las conductas que son descritas voluntaria o involuntariamente en los documentos. A esas acciones, manifestaciones o gestos cristalizados en las fuentes informativas le llamaremos lo emocional, en tanto que producto de una emoción o sentimiento.
Categorías de análisis. Tres son las categorías analíticas que se emplearán en este trabajo para reconstruir las trazas de lo emocional en la documentación y aportar elementos que sustenten la hipótesis enunciada. La primera, volición, remite, en este caso, a la voluntad o su ausencia al asumir el rol de soldado que se exige/impone a los hombres que son enganchados para la campaña guajira. Los roles sociales, la motivación y el comportamiento esperado y alentado por el Estado-nación, conducta inscrita en la liturgia del patriotismo, son claves para comprender lo volitivo en las actuaciones de la tropa larense. La segunda es el malestar, considerado como proceso acumulativo. Los soldados no solo son arrancados bajo violencia o engaño de su ámbito geográfico-afectivo, sino que se les imponen marchas agotadoras, privaciones alimenticias, malos tratos y una menguada preparación técnica y mental para ir a combatir. La tercera es el miedo. El instinto y el temperamento desempeñan acá invalorable papel; con todo, hay que subrayar que la voluntad (capacidad volitiva) y la racionalidad puedan actuar de consuno con las emociones en la toma de decisiones que los organismos ejecutan. Las tres categorías se despliegan de manera instrumental e imbricada. Porque, no lo olvidemos, no obstante la inmediatez de las reacciones emocionales, acá el miedo a morir es más un proceso que la fugacidad de una acción.
La batalla
El batallón Lara, nuestro personaje colectivo, tenía 300 hombres de tropa. Ninguno experimentado, salvo sus mandos y uno que otro veterano. La mayoría reclutados a la fuerza o bajo engaño, armados, movilizados, arengados, misionados para defender el honor de su patria: ¿Venezuela? No: Colombia la Grande, la de Bolívar, muerta hace setentaiún años y cuatro meses por los Santander, los Miguel Peña, los Páez, pero en trance de renacer gracias a los sueños y las afiebradas disertaciones caraqueñas entre el presidente Cipriano Castro y el caudillo liberal colombiano Rafael Uribe Uribe. Esta de la resurrección grancolombiana es una idea que muchos han columbrado. En 1900 se suscribió un pacto secreto entre los gobiernos de Nicaragua, Venezuela y Ecuador, que, amén de la defensa mutua ante cualquier agresión extranjera, estipulaba la expansión del liberalismo como doctrina entre las naciones que formaron la República de Colombia, paso previo e indispensable para la restauración. Para ello, un obstáculo que se debía sortear era la sustitución del gobierno godo de Bogotá, por uno de signo liberal. Hay terreno recorrido en ese sentido, porque en la Colombia de la época liberales y conservadores libran una guerra fratricida desde octubre de 1899. Las tensiones entre Bogotá y Caracas desde ese momento hasta la fecha han ido in crescendo: desde el ex Nuevo Reino se acusa al régimen de Castro de apoyar con armas, pertrechos y libre trasiego en las fronteras compartidas por ambos países a los radicales en armas; desde Venezuela hay quejas porque el vecino país recibe y protege a cuanto exiliado enemigo de Castro llega allí: andradistas, rangelistas, mocheros. ¿No acaudilla acaso Eliseo Márquez, conspicuo mochero, un escuadrón de jinetes en la guajira colombiana con la connivencia del gobierno de ese país? De este lado de la frontera, ¿no se ha llegado al absurdo de nombrar a colombianos para el desempeño de cargos públicos de relevancia so capa de una acomodaticia solidaridad liberal? Carlos Rangel Garbiras, antiguo mentor y aliado político de Cipriano Castro en el Táchira, en la hora su acérrimo enemigo, ha organizado una invasión del suelo venezolano con apoyo de Bogotá. De hecho, serán «reinosos» los soldados que bajo su comando esguacen el río Táchira el 26 de julio de 1901. Esta afrenta a la soberanía de Venezuela, infligida por un desagradecido hijo suyo y vencida en tres días, decidirá a Castro a replicar con un gesto similar, aunque mudado de escenario, pues los venezolanos invadirían a la hermana república por la Guajira.
José Antonio Dávila, célebre general que unos meses atrás le puso los ganchos al alzado Mocho Hernández, es nombrado comandante de la expedición. Cinco batallones. Mil cuatrocientos hombres. Fusiles máuser de repetición. Cuatro cañones de montaña. Una ametralladora. El Ejército Auxiliar del Atlántico, nombre del cuerpo expedicionario, parte de Maracaibo el 28 de agosto de 1901. Unos días más tarde, el 3 de septiembre, The New York Herald ha de publicar en primera página una foto de la plana mayor venezolana en campaña. Ese mismo día partirá del puerto de Maracaibo la flotilla que apoyará por mar la expedición. El plan es tomar a Riohacha, con el concurso de las guerrillas liberales de la Guajira y el Magdalena, y así ganar una cabeza de playa para los efectivos de Benjamín Herrera que, en Panamá, tienen en jaque al gobierno colombiano. Sin embargo, una serie de actuaciones erradas por parte de Dávila y un exiguo apoyo liberal, debilitaron la operación. Lo que debió ser una acción rápida, secreta hasta donde se pudiera, era ahora seguida en todo el mundo, casi en simultáneo, empezando por el propio presidente colombiano José Manuel Marroquín, que ordenó al general Carlos Albán reforzar a Riohacha mediante el desembarco de tropas frescas y bien municionadas, al mando del general Ramón Amaya, para interceptar a los venezolanos. Y así será, aquel viernes 13 de septiembre de 1901, en la ranchería indígena de Carazúa, al sureste de Riohacha, donde Dávila había acampado con los suyos, después de deambular por agrias tierras, asediados de hambre y de indios hostiles. A las nueve de la mañana el ejército de Amaya abrió fuego sobre la vanguardia y el ala derecha venezolanas. Los de Colombia doblaban en número a los venezolanos —3000 hombres contra 1400—, eran superiores en poder de fuego, y traían como preciado capital la experiencia de combate. Además, el mentado Amaya fue diligente en robar la iniciativa a los invasores. A las cinco de la tarde de ese día, ya la derrota venezolana era un hecho. El coronel Carmelo Castro, hermano menor del presidente y comandante del cuerpo de La Sagrada, fue de los últimos en abandonar penosamente el campo de batalla, bajo aguaceros de plomo y de nubes.
La defección
Al batallón Lara de Abelardo Gutiérrez se le había encomendado el resguardo del ala derecha del ejército. En la vanguardia estaba La Sagrada de Carmelo Castro y un cuerpo colombiano de oficiales liberales. Como se dijo, ese sector recibió las primeras descargas del fuego de Amaya. Sabás Socarrás, uno de los protagonistas que peleó con más brío en la jornada, escribirá años más tarde en sus memorias:
Podemos decir que una de las causas decisivas de la retirada de Carazúa tuvo como origen el incidente bochornoso acaecido durante el combate […] después de iniciado el ataque enemigo pudo observarse que, en tanto que el centro y el ala izquierda resistían con denuedo, el ala derecha no daba señales de resistencia; y vino a saberse por los informes de los ayudantes enviados a investigar, que el batallón ya nombrado, en masa, y siguiendo a su jefe, había abandonado el campo y se internaba en la Guajira, sin parar mientes en la situación precaria en que su defección dejaba el resto del ejército. Aunque todas las reservas se concentraron para defender la brecha abierta por aquella deslealtad, hubo de decidirse la retirada ante la superioridad del enemigo.
Obsérvense dos cosas: primero, que Socarrás considera la «deslealtad» de los larenses factor decisivo en la derrota; segundo, que dice que la tropa abandonó su posición siguiendo a su jefe y fraseándolo en términos del honor militar, califica el suceso de «incidente bochornoso».Mediado el siglo pasado, Carmelo Castro Moros presentará su versión de la batalla de Carazúa en dos entrevistas diferentes con los historiadores Mariano Picón Salas, primero, y Juan Nepomuceno Contreras Serrano, después. A este último le cuenta don Carmelo:

Se combatió con fiereza hasta las 5 pm, correspondiendo a estas tropas [La Sagrada] y al batallón Coro del coronel Peralta, sostener lo más recio y encarnizado de la lucha, ya que el citado general Gutiérrez, jefe del batallón Lara, sin razones militares justificadas, al poco rato de rotos los fuegos, se retiró del campo con sus tropas, dejando una brecha abierta –el ala derecha– con grave peligro de ser ocupada por el enemigo, lo que habría constituido riesgo inminente para el ejército todo. 
A renglón seguido, añade: «Nadie pudo explicarse qué obligó al general Gutiérrez a abandonar, de motu proprio, el campo de la lucha, sin tener órdenes al respecto, pues sería temerario juzgar otra cosa ya que era un oficial de valor y experimentado en otros hechos de armas».
En ambos relatos, escritos mucho tiempo después de lo ocurrido, pero con el valor de ser sus autores testigos de excepción de la batalla, gravita una gran interrogante: ¿Qué movió a esta unidad a desbandarse sin orden superior? Ambos coinciden también en señalar la gravedad de lo actuado por la tropa de Gutiérrez. Sin embargo, hay un testimonio coetáneo al acontecimiento, que aparenta tener claro el asunto: los larenses rompieron filas por que eran partidarios del Mocho Hernández. Carlos Benito Figueredo, cónsul de Venezuela en Curazao, despacha presuroso un cable el 20 de septiembre de 1901 donde detalla al presidente Castro los informes que ha recibido en esa isla sobre lo ocurrido en Carazúa. Así escribe: «Que en el combate se pasó el batallón Barquisimeto [sic], declarando los pasados que ellos eran mochistas reclutados, y que se pasaban, buscando sus naturales filas». La noticia de la deserción fue recogida también por un periódico estadounidense, «Soldados desertores», titula The Saint Paul Globe en su edición del 27 de septiembre, y agrega que esas tropas se estaban pasando al ejército colombiano.
La tesis mochista a examen
Conviene examinar de seguidas la tesis recogida por Figueredo sobre la presunta filiación mochista de la desertora tropa larense. Lo primero que hay que decir es que el nombre de José Manuel Hernández tuvo acentuada presencia en el conflicto colombo-venezolano de 1901. En el manifiesto que Carlos Rangel Garbiras expide en Cúcuta el 18 de julio de 1901, este se dice representante no solo de su propio partido, el Republicano de los Andes, sino del nacionalismo venezolano todo, o sea: estaría hablando el mismísimo Partido Liberal Nacionalista de José Manuel Hernández, «ilustre y mártir» jefe, por cuya prisión Rangel asume la jefatura accidental. Cuando sus fuerzas invaden territorio venezolano lo hacen dando vivas al caudillo. Antes se mencionó la labor del mochista Eliseo Márquez y sus jacas en tierras guajiras. El mismo cónsul participa al presidente Castro que en Curazao los opositores a su gobierno hablan de una operación combinada de las fuerzas colombianas de Carlos Albán, los guerrilleros mochistas de la Guajira, y los propios exiliados para rescatar al Mocho Hernández, entonces preso en el castillo de San Carlos de la Barra. El plan, se dice, es que después de destruir al ejército de Dávila, atacarían Maracaibo.
Se sabe que el general Hernández gozaba de las simpatías de los venezolanos, y que Lara, desde su campaña presidencial, como todo el occidente del país, era uno de sus núcleos principales de apoyo. El 20 de abril de 1897, por ejemplo, en un mitin ofrecido en Barquisimeto, decía contar con el respaldo de tres cuartas partes del electorado larense. Por esos días recorrió Quíbor, Sanare y El Tocuyo (Lecuna 1954, pp. 49-50). Luis Cortés Riera, cronista de Carora, escribe que a finales del siglo antepasado los apegos políticos de los caroreños, tradicionalmente conservadores, los copaba ahora Hernández. Poco después del alzamiento del Mocho en Queipa, el diario oficioso La República denunciaba la existencia de una sociedad mochista en Barquisimeto. «Es necesario que los partidarios del general Hernández sepan que han sido vencidos en toda la república, que su propaganda no es legal y que deben, o prescindir de conspirar o ir a la cárcel», se explicitaba en la indignada nota. Ramón Querales cuenta del decomiso y posterior devolución en Barquisimeto de una imprenta al general mochero Carlos Liscano en 1900. En suma, sí sobraba entre los larenses quien mirara con buenos ojos a Hernández, lo que podría explicar la temprana tesis hernandista esgrimida por los informantes de Figueredo. ¿Pero son estas razones de peso como para declarar suspectos de mochismo a los soldados larenses evadidos?
Primero, sería menester pesquisar con morosidad el archivo del general Hernández, que obra en la Academia Nacional de la Historia, para precisar posibles nexos suyos con alguno de los soldados de la tropa; con todo, ni en las declaraciones ni en el resto de los testimonios de que se dispone hay mención alguna de una tal ligazón. Por otro lado, de haber existido estos vínculos, no habría causado disgusto ni mucho menos al gobierno colombiano, que habría sabido explotarlo en la prensa y en los cabildeos que sus enviados diplomáticos trajinaban en Washington ante los gobiernos de William McKinley y de su sucesor, Theodore Roosevelt, siendo como era Hernández un símbolo de la oposición a Castro. Y a Castro, es cierto, no lo querían ni la prensa ni el gobierno del Norte. Segundo, de haber sido partidarios de Hernández, seguramente habrían contactado con Eliseo Márquez, el mochero que peleó en Carazúa; y, en consecuencia, no se les habría prendido ni les habrían hostigado y ejecutado con tanta saña los indios de José Dolores Arpushana o las fuerzas gubernamentales de Colombia, como sucedió. Se sabe que muchos prisioneros fueron ajusticiados con crueldad en el propio escenario de la batalla. Tercero, ninguna de las fuentes directas referidas al suceso, como el parte de guerra de Ramón Amaya, o el lacrimoso telegrama que Dávila despacha a don Cipriano narrándole las amarguras de la campaña, así como ninguno de los testimonios publicados de quienes participaron en la lid, refieren esta presunta identidad mochista del batallón larense. Y cuarto, acaso por donde debimos comenzar esta refutación: es difícil creer que se declararan mochistas quienes ni siquiera podían votar, derecho que la letra de la constitución vigente les vedaba por su condición de analfabetas.
Lo expuesto permite descartar la tesis del mochismo como móvil del desbarajuste larense; sin embargo, tampoco podemos conformarnos con atribuir el hecho a alguna razón inexplicable, un tanto esotérica, como zanja el asunto Carmelo Castro, o con los señalamientos de Socarrás, que más tienen de reproche que de explicación. La hipótesis que presento acude a los temperamentos y a los caracteres, al hipotálamo y a la experiencia histórica para intentar comprender y explicar la desbandada. Pido que fijemos la mirada en la índole humana de los soldados. Sí, el factor humano.
Volición y malestar
Los generales Benicio Giménez y Abelardo Gutiérrez tenían bastante ascendiente sobre los hijos del distrito Urdaneta. Cuando supieron que el general y presidente Cipriano Castro requería de su concurso para defender la patria mancillada, ocurrieron generosos a cumplir con sus deberes. La tarea que les cumplía era conformar un batallón de tropas colecticias que apoyara la expedición que comandaría José Antonio Dávila. Los generales dieron el hágase a la orden, prevaliéndose de la necesidad de los campesinos de Siquisique, Baragua, Las Matejeas, atormentados como siempre de miseria. Miguel Esteban Pacheco, en un libro inédito, entrevistó a algunos de los urdanetenses que sobrevivieron a la campaña de La Guajira. Así lo testimonian:
Llegó a Siquisique la noticia de que en Barquisimeto se habían emprendido grandes trabajos y necesitaban peones […]. Halagados por estas buenas nuevas nos fuimos muchos y supimos después que se necesitaban para construir trincheras, cuando se presentó la desaveniencia [sic] con Colombia y nos ofrecimos voluntarios para acompañarlo[s], sin tener conocimientos de que lo que íbamos era a pelear. 
También en Barquisimeto, donde el hermano de Abelardo Gutiérrez, Sulpicio, era comandante de armas, se cumplieron con rigor las órdenes de reclutamiento. «Yo estaba trabajando en la fábrica de albañilería ―cuenta Juan Yépez, de 18 años―, cuando llegó allí la policía, aprisionó á todos los que allí estábamos y nos llevaron á un cuartel ». Al arriero Francisco Moreno lo reclutaron en La Mora. Juan Vásquez, barquisimetano de 19 años, relata que «un domingo, cuya fecha no recuerdo, me encontraba en mi casa de campo de Cuara, y fui aprisionado por una comisión de quince hombres […] y llevado […] á la cárcel, en donde me tuvieron un día encerrado; al siguiente día me llevaron á un cuartel». La irrupción intempestiva e impiadosa en el espacio vital del sujeto víctima de la leva forzada es un elemento que no debemos perder de vista. Si Yépez, Vásquez y Moreno recibieron el llamado de la patria en sus lugares de faena, el zapatero Heliodoro Aguilar, de 22 años, junto a otros artesanos, se enteraron mientras departían alegremente: «Me encontraba reunido en una pulpería tomando unos tragos con otros artesanos un sábado en la noche, cuando de repente se presentó el inspector de policía de la ciudad con cinco policías más, y nos llevaron presos al cuartel, sin saber el motivo».
Más dramático, si cabe, es el relato de Tomás Antonio Leañez, pues «me encontraba en mi casa de campo denominada Rioclaro, un día cuya fecha ni mes ni año no recuerdo, pues apenas sé que la semana trae siete días, cuando se presentó […] una comisión de seis policías, como á la media noche y me sacaron de adentro, diciéndome que era orden del General Abelardo Gutiérrez. Esa noche me llevaron al cuartel de Barquisimeto y me encerraron. Al día siguiente me armaron de máuser». Del calor del hogar al calor de la guerra, sin querer y en cuestión de horas. Juan Rodríguez, «de unos treinta años», resiente de su suerte porque «estaba en mi casa de habitación durmiendo, como á las doce de la noche de un día lunes; [cuando] se presentó, rompiéndome la puerta, la policía».
Este raudo inventario de testimonios no admite dudas en un aspecto: cuando menos una porción importante de los componentes del batallón Lara fue víctima de reclutamiento forzado, ya bajo violencia, ya bajo engaño. Ramón Jiménez es contundente: «Yo tomé armas porque me reclutaron». Francisco Moreno lo enuncia con más emotividad: «yo aunque no quería meterme, me cogieron preso». En este punto vale recordar la importancia de la voluntad, y, por mor de precisión, de su derivada, la voluntariedad, al empuñar las armas. La volición remite a un estado emocional concreto: si no quiero, pero me obligan, de seguro no voy a rendir; ahora bien, si a lo que me obligan es a marchar lejos de mi tierra y de los míos, sufrir penalidades, calzarme el fusil y estar dispuesto a matar o a que me maten por unos ideales que no entiendo, el asunto se complica bastante.
Voluntad de combate (volición) no había entre los larenses, y, en cambio, sí mucho malestar. Luego de ser arrancados de su espacio geográfico-afectivo, de su cotidianidad, esos hombres fueron depositados en el cuartel militar de Barquisimeto. De allí se cumple un periplo que los lleva por caminos de hierro, «nos trajeron en el tren» hasta Tucacas; embarcados en tres goletas remolcadas por el vapor nacional Miranda, «seguimos camino de agua», dice Juan Rodríguez, y llevados «con engañifas hasta Puerto Guerrero, en donde nos desembarcaron», según Pedro Pablo Mojica; para no volver «á tomar navegación, sino camino de tierra», completa Rodríguez. La tropa, ya reunida con su estratega Dávila desde San Carlos, itineró hacia Sinamaica, Paraguaipoa y, trasponiendo los lindes con Colombia, desde Guayumana hasta la ignota Carazúa.
Miedo
El miedo desprestigia en la carrera de las armas. Sentirlo, se puede, pero no decirlo: si dices que sientes o has sentido miedo tu valoración como combatiente se deprecia; si reaccionas de un modo que otros puedan asociar con una conducta miedosa, cobarde, estás arruinado. Es esta la concepción tradicional que ha prevalecido por siglos en el ambiente de los ejércitos. No es que el miedo desaparezca al conjuro del hacha o el arcabuz o el fusil automático, es que simplemente de-eso-no-se-habla. El miedo es sacrilegio para el uniforme, baldón insufrible. El miedo es la antípoda de la valentía, rasgo este definidor por excelencia de un buen soldado. Y un buen soldado, dentro de los marcos axiomáticos trazados por el Estado-nación moderno, es aquel capaz de sacrificarse por la madre amorosa que le ha dado identidad, lengua, suelo: la patria. ¿Puede haber algo más triste para alguien que andar por el mundo como si no tuviera patria? ¿No merece acaso el más profundo oprobio quien le causa dolor, bien porque actúa contra ella, bien porque no asume su rol de hijo agradecido y dispuesto a ofrendarle su vida?
Aquí se impone precisar conceptualmente el miedo. Hagámoslo con ayuda del Diccionario Akal de Psicología (2004):
[Es una] emoción desencadenada por una estimulación que tiene valor de peligro para el organismo. […] En ausencia de técnicas especializadas de escape al peligro, los mamíferos y el hombre en particular presentan dos formas de reacción según la historia individual y según el contexto situacional: se distingue por tanto el miedo en que el organismo hace frente activamente a la amenaza de pérdida de control y aquel en que reacciona pasivamente, resignándose de alguna manera a la pérdida de control. 

Lo dicho: nadie, salvo rarísimo daño cerebral, está exento de experimentar miedo. Por fortuna es así, habida cuenta de que, como vimos, el miedo tiene valor de supervivencia para la especie humana. «El miedo actúa en nuestro cuerpo como un sistema de alarma que nos protege y nos permite superar los peligros […] eleva al máximo los niveles de vigilancia y precaución», dice el psiquiatra José Manuel Martín. Por eso, el historiador militar Geoffrey Regan aclara que «Todo soldado siente miedo en un momento u otro y, sin embargo, el objetivo básico del adiestramiento militar no consiste en ayudarle a suprimir el miedo sino en evitar el tipo de conducta que el miedo puede provocar, a saber, el pánico o la fuga», (2004, pp. 59-60).
Cuando el cerebro determina que un estímulo sensorial es amenazante, desencadena una colección de cambios cerebrales y fisiológicos que nos preparan ante el peligro. Para el soldado larense, falto de voluntad para combatir, maltratado, sumido en un clima de malestar creciente, la posibilidad de perder la vida era una cruelísima realidad.
Ese viernes 13 de septiembre de 1901, alrededor de las nueve de la mañana, el ejército colombiano atacó en un primer momento la vanguardia y el ala derecha de la fuerza venezolana. Dionisio Suárez, de 19 años, declara lacónico: «salimos derrotados, pero yo no peleé». ¿Cómo que no peleó, por qué si era ese su cometido? Pensemos de nuevo en el malestar y el deseo de volver a casa, y no extrañará. El inglés Regan (p. 92) indica que «los ejércitos están formados por hombres que, si no reciben un buen trato, no actúan con eficiencia». Heliodoro Aguilar relata que su compañía iba a la vanguardia del batallón, pero «a mí no me tocó dar sino muy pocos tiros, [pues] la primera compañía nos dispersámos muy pronto á los montes, en donde nos aprisionaron los indios de José Dolores». Este José Dolores es el legendario cacique del clan Arpushana, que actuaba en La Guajira al servicio del Estado colombiano. Ahora bien, ¿por qué se dispersaron tan pronto si apenas principiaba la lucha? Una clave para comprender el suceso puede estar en el testimonio de Pedro Pablo Mojica: «los que veníamos en retaguardia, apenas oímos los primeros tiros y comprendimos que los de vanguardia iban en derrota, nos internamos en la montaña». No se precisa de conocimientos profundos en el arte de la guerra para saber que si la vanguardia da señales de flaqueza, los de la rezaga se desmoralizan, más cuando se trata de bisoños soldados.
Geoffrey Regan, sabedor de estos asuntos, precisa que «si por cobardía se entiende pura y simplemente lo contrario de valor o coraje, bien podría suceder que acabáramos incluyendo en esa categoría a la mayoría de los soldados que en uno u otro momento han ido a la guerra. Ante el peligro resulta natural el deseo de huir» (p. 98). El soldado Martín Gil cuenta que «Yo no alcancé á pelear, porque antes de que el batallón entrara en pelea, yo me huí, y los indios me cogieron preso». «Los tiros» alertan de la cercanía del peligro temido. Amador Rodríguez dice: «no empeñé combate porque á los primeros tiros me deserté». Napoleón Osía, por su parte, refiere que «los que íbamos á retaguardia, apenas oímos los primeros tiros, nos desertamos». Manuel Antonio Navarro: «yo y los demás que veníamos á retaguardia, apenas oímos los primeros tiros, nos internamos en la montaña». Rafael Hernández aclara: «no me hallé [en el combate] porque como venía á retaguardia, apenas sentí los primeros tiros me interné en la montaña con otros compañeros». Huir para ocultarse, para tratar de salvar la vida. Dice Francisco Quero que «tuvo lugar un combate con los que venían á vanguardia de la gente venezolana, porque lo que fuimos yo y otros, apenas oímos los primeros tiros nos escondimos». Jacobo Cordero conviene con él, pues «los de la retaguardia, apenas sentimos los primeros tiros, nos escondimos». Raimundo Palma testimonia que «los que veníamos á retaguardia, apenas oímos los primeros tiros, nos ocultamos entre el monte».
Arriba señalábamos la relación entre el estímulo sensorial y la conducta emocional. Pues bien, las declaraciones de los prisioneros larenses permiten reconstruir dicha ruta emocional. Ante el estímulo sensorial, “oír”, “ver”, hay una reacción defensiva, “huir”, “ocultarse”. De los 22 larenses que declaran, 14 confiesan haber huido a las primeras de cambio. Enunciados del color de «apenas oímos los primeros tiros salimos corriendo, nos desertamos o nos escondimos» o «cuando vimos que los de vanguardia iban en derrota» dan cuenta de una tesitura que nada tiene que ver con el valor. Digámoslo: ninguno habla de miedo, cierto; pero sus testimonios dicen de una reacción de huida y/o ocultamiento asociable a un estado emocional, a un estado de miedo. ¿Miedo a qué? Manuel Villarreal, que aunque era de otra unidad, el batallón Barcelona, huyó con los larenses, dice: «para evitar que nos mataran».
Lo imbricado de la volición, el malestar y el miedo se patentiza en lo que declaran Juan Yépez y Juan Vásquez. El primero confiesa que «como vimos que el ejército estaba en derrota, nos desbandamos con las armas por entre el monte, y al día siguiente fuimos entregados á los indios y rendimos las armas á José Dolores». El segundo, por su parte, cuenta cómo «al siguiente día de la pelea fui prisionero por los indios de José Dolores, á quien le entregué mi arma y municiones, todas completas, pues no me atreví á dar un solo tiro, porque cuando oí los disparos salí corriendo con otros compañeros». Separemos estos datos: no estaban dispuestos a disparar; huyeron a los primeros tiros, muchos aún con sus fusiles; rindieron sus armas y se entregaron a los indios de José Dolores. Amén de ello, hay testimonios, como el de Melecio Navas, que señalan convenimientos previos de fuga entre algunos de los soldados.
La varia suerte de los huidos sirve de epílogo a esta ponencia. Lo primero que hay que decir es que al par de proteger la vida, anhelaban, no sin cierta candidez, volver a su lar nativo. Napoleón Osía nos cuenta que «nos desertamos y pretendimos regresar á nuestra tierra, pero en la montaña nos encontramos con unos indios goajiros y nos exigieron las armas y nos trajeron para Riohacha». El intento de Osía, malogrado por los indígenas, no fue el único. Rafael Hernández dice que «me interné en la montaña con otros compañeros y tratamos de buscar salida para nuestro país». La mayoría de los desertores larenses, incluyendo a su jefe, Abelardo Gutiérrez, murieron en tierra guajira. Sobre Gutiérrez, por cierto, no huelga referir lo que sigue. Carmelo Castro al tratar de ponderar su actuación, pareciera querer enmascarar o silenciar una posible y deshonrosa cobardía: «Nadie pudo explicarse qué obligó al general Gutiérrez a abandonar, de motu proprio, el campo de la lucha, sin tener órdenes al respecto, pues sería temerario juzgar otra cosa ya que era un oficial de valor y experimentado en otros hechos de armas». ¿Juzgar otra cosa? ¿qué cosa?
El deseo de sobrevivir y volver a casa era tan profundo, tan intenso que algunos de los fugitivos hicieron del deshonor heroicidad, como los timados urdanetenses de quienes se habló un poco atrás. En una página digna de un relato fantástico, cuentan:
Tuvimos varios encuentros con las fuerzas contrarias y [en] la última que fue a la orilla de un río, nos derrotaron, muriendo muchos venezolanos entre ellos nuestro jefe. El Catire Márquez, Flores Rojas y Juancho González, que así se le decía, fueron los primeros que regresaron y nos refería este último, que después de la batalla, tuvieron que refugiarse en las selvas de la Guajira, donde los indios desde sus escondites, sin ser vistos, los iban matando uno a uno. Allí sufrieron penalidades sin cuento, comiendo únicamente los cocos que les tiraban los monos y así desesperados por tanta miseria, decidieron buscar árboles secos y transportarse casi nadando para la isla de Aruba, donde consiguieron que el gobernador les auxiliara y los hiciera venir a Maracaibo, donde también los auxilió el presidente del estado y los hizo venir a la capital de Lara.
De los soldados larenses que quedaron combatiendo con Dávila, muchos murieron. Los escasos supervivientes, rezago del batallón Lara, fueron conducidos por su jefe a Paraguaipoa. Allí se les fusionó con otras fuerzas enviadas para la frontera a las órdenes del general Régulo Olivares. Perfecto Crespo (1993, p. 108), que los conoció y anduvo con ellos el doloroso regreso a Barquisimeto, escribe en sus memorias:
El ferrocarril se detuvo un poco en la población de Duaca, allí, como en todas partes, se aglomeró la gente, unos a preguntar por sus deudos y otros, como siempre, a fisgonear. Con el sol de la tarde llegamos a la estación del ferrocarril de Barquisimeto. Había gran profusión de gente de todas partes. Muchos de los campos vecinos estaban allí esperando saber algo de sus deudos marchados meses antes para la campaña, al notificarles que no venían empezaron a llorar aquellas pobres mujeres, humildes y sufridas, ya ellas estaban en cuenta de que la mayor parte de los soldados larenses habían quedado sin vida en la desastrosa y mal dirigida batalla de Carazúa.