a Nohemí
El Concurso Anual de Cuento Breve y
Poesía de la Librería Mediática ha representado para mí una estimulante y
generosa experiencia. Recuerdo que en abril de 2012, luego de disfrutar
con mi esposa el programa televisivo donde se leyeron los textos
ganadores, pensé: «¿Y por qué no participo el próximo año?». Fue solo
eso, un pensamiento, pues hasta entonces no había escrito ficción; de
hecho, mi historial escriturario se reducía a unos pocos ensayos y una
biografía. Semanas más tarde, perturbado por la súbita aparición de una
colonia de comejenes que asediaba mi biblioteca, y mientras ocurría al
método casero de untar con cambur triturado el piso para atraer a las
hormigas —acérrimas enemigas de aquellos bibliófagos—, se manifestó la
idea de un microcuento: lo tallé en mi mente, lo escribí en un
cuadernito, lo podé, lo acariñé en secreto por días, hasta que
finalmente decidí someterlo a la implacable crítica de mi esposa y de mi
amigo Jofre Aguilera. El ver que ambos coincidieran en saludar con
plácemes la pequeña obra me infundió mucha seguridad, de modo que
llegado el momento, a principios de 2013, concurrí con el texto al
certamen anual de la Librería Mediática. Revivo como si fuera hoy la
euforia que sentí al leer el cuadro de ganadores y ver allí mi Fábula profana, figurando
entre textos de autores de nombradía como Salvador Robles o Sylvia
Lago. Aquella herejía del comején fue premiada con el tercer lugar por
el jurado. El cuento me trajo muchas satisfacciones y elogios, pero
también uno que otro incidente curioso, como el escándalo que causó a
una colega educadora: «¡Eres ateo!», me dijo con inocultable repulsión. Fábula profana
tiene hoy hasta su exégeta particular: el eminente profesor Mariano
Gonzalo. Este año la alegría no fue menos cuando el jurado me otorgó el
segundo lugar en el concurso con Oficios, un escrito que sesteaba en mi ordenador desde los días enfebrecidos en que concebí Fábula profana.
Confieso que en su momento lo consideré apenas un ejercicio narrativo
sin mayores pretensiones. El mecánico-escritor de la historia salió
ganancioso de su sótano, para mi sorpresa. En suma, gracias al certamen
de la Librería Mediática, ahora estoy convencido de que puedo escribir y
ser valorado por ello.
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