Nunca supe cuál era tu apellido, quizás alguna vez te lo pregunté; acaso lo mencionarías cuando hablabas de tu infancia, de Táchira, de Caracas, pero no lo recuerdo: a decir verdad, poco importa, bastaba conque fueras Simón, el de la fotocopiadora. Guardo como recuerdo de la última vez que nos vimos tu sonrisa contagiosa y chispeante, aderezada con la picardía de uno de tus traviesos comentarios (tranquilo, amigo, no lo contaré). Tu oficio de operador de fotocopiadoras era una circunstancia, un accidente, tu modo de agenciarte el diario sustento; quienes lográbamos franquear ese nivel primario de tu vivir, sabíamos que eras en realidad un poeta de la irreverencia, un hombre inconforme con las medianías y los retaceos de nuestro mundillo intelectual. Eso sí: nunca en clave de queja, siempre de reflexión. No tenías prendas académicas que exhibir, tus borlas eran la lectura desenfadada, abarcadora, bellamente desordenada, y una insaciable pulsión dialógica. ¿Cómo le hacías, amigo, para vagabundear así de la teoría política al cuento fantástico, de la historia fabulada al drama romántico, de la ciencia al dicho popular, del cine mexicano al poema surrealista? Soltabas por igual citas de Octavio Paz que de Blas Bruni Celli, te paseabas goloso por García Márquez, Herrera Luque, Gallegos, Guillermo Morón, Flaubert, Manuel Caballero, Ramón J. Velásquez, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Domingo Alberto Rangel. «Aquí tengo este libro que el profesor Pablo Arroyo me pidió que le prestara», me dijiste esa tarde, esgrimiendo de un recoveco de tu guarida de tunner Las revoluciones burguesas, de Eric Hobsbawm. Charlábamos, recuerdo, sobre las obras materiales del gobierno de Cipriano Castro que nadie mencionaba, del racismo y la hispanofilia de Rufino Blanco Fombona —cómo reías—, de Unamuno, del inveterado despelote en la universidad. Un cafecito del maracucho, —la pausa para estirar las piernas y atenuar la modorra vespertina—, un chistecito caraqueño, y hete ahí, de nuevo sonriente, parsimonioso tras el mostrador, presto a despachar al cliente de rutina, o, con un poco de suerte, tramar una de tus ricas tertulias con un Pablo Arroyo, un William Arias, un Taylor Rodríguez, un Sergio Figallo, un Carlos Vale.
Hace unos días estuve en la universidad Simón Rodríguez y me enteré de que nos habías dejado el 17 de enero. ¡Qué broma, chico, tú siempre burlándote de los amigos, me dijiste que seguiríamos deshuesando el gobierno de don Cipriano! Quienes conocimos al verdadero Simón —no al de las planillas para los censos de materias, las fotocopias ampliadas o los marcadores acrílicos—, al otro, al irreverente, sabemos a quien perdimos. Se te echará de menos, amigo, y mucho.
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