domingo, 22 de febrero de 2015

Luto activo

El lunes, apenas me enteré de la muerte de la mamá de Marissa, reñí con el director y la subdirectora académica: ¿Cómo era posible que no me hubiesen informado de algo tan grave, cuando eran particularmente diligentes para celebrar cumpleaños o recoger dinero para tonterías? Saberlo así, diez días más tarde, y por casualidad, no me parecía lo más adecuado. ¡Pobre Marissa!, era lo único que pensaba, mientras las inhumanas colegas solo se preocupaban porque sus niños no tendrían música, ¿te han dicho si viene un suplente? Nadie preguntaba por el estado anímico de la infortunada colega. Al siguiente día supe que la subdirectora intimó a Marissa a retornar a su trabajo, pues la ley solo establecía cinco días de licencia por luto y llevaba más de una semana sin ir a la escuela. ¡Insólito! El miércoles ―no se de dónde sacaría fuerzas― llegó Marissa, un poco tarde, como a las 7:35 am.
―¿Ya cantaron el himno? ―preguntó como posesa, sin expresión, sin mirarme.
―Sí ―dije, amortiguando la sílaba.
No sabía si darle el pésame o entrar a hablar de cuestiones del trabajo, pero ella se adelantó contándome lo bello que había sido el funeral de su mamá, con toda esa gente de los alrededores del pueblecito llevándole flores, cantándole. La querían mucho. Sin darme cuenta entramos a despellejar al director, a la subdirectora, a una decena de maestras, a tres obreros, dos secretarias, el portero, la presidenta de la Asociación de padres y representantes, al mensajero, a los diputados que promulgaron tan nefandas leyes... Fue un juicio sumarísimo: por inconscientes, desalmados, indolentes, malos hijos, inhumanos, crueles. Ella conoció la gallarda defensa que hice de su sufrimiento, los insultos que cambié con el director cuando supe que la estaba presionando para que se reincorporara, los comentarios que escribí en el Twitter del ministerio de educación. Tres minutos antes de las ocho, listos ya para buscar a los niños con los que nos tocaba trabajar, y cuando creía cancelado el doloroso tema, dijo, esgrimiendo su Blackberry:
―¿Te he hablado de la hacienda de mi mamá, de los caballos, de las casitas del campo, del camino de flores? Mira estas fotos:
Foto 1: Marissa sonreía al lado de sus tres hermanas, circuidas de caléndulas amarillas; foto 2: Marissa, cerveza en mano, montaba a caballo con su hijo; foto 3: Marissa tocaba un cuatro mientras un tipo hacía el gesto de cantar; foto 4: Marissa se bañaba en la piscina de la finada; foto 5: Marissa bailaba con los primos, antes de la última noche... y así unas diez fotos más. 
Me sentí tan estúpido, que lo único que atiné a decirle fue:

¡Ah, bueno, pues... pinéame la foto de tu mamá muerta! 
y me fui a trabajar.









viernes, 20 de febrero de 2015

Bipolar

Federico Reyes tenía un temperamento imprevisible. Un día podía ser el más jovial de los compañeros de trabajo, llevarle un chocolate a la secretaria, algún número inhallable de Ronda al periodista de farándula, como al siguiente podía entrar a la redacción del periódico sin saludar a nadie, con cara de perro rabioso. Sus compañeros, tras años de estas incomprensibles mudas, habían afinado un método muy sencillo pero singularmente eficaz para sondear el humor de Federico: cuando este llegaba bien rasurado, con la camisa planchada, corbata y pantalones conjuntados, andaba de malas pulgas. En cambio, un aspecto desaliñado era inequívoco signo de buen humor. Así era él. La última semana las rabietas de Reyes ―jefe de redacción― se habían tornado más frecuentes, pues no lograba concluir un cuento, cuya trama se desarrollaba en un salón de belleza administrado por un cantante homosexual anoréxico. Atascado en un túnel sin salida, frustrado, Federico tomó el manuscrito, lo estrujó con gesto furioso y luego, rasgándolas una a una, echó las maltrechas cuartillas a la papelera. Ya en casa, se abandonó a las sonatas para piano de Beethoven, mientras sorbía un té de jamaica, hasta dormirse.
Pensé en sugerirle a Federico dos o tres posibles finales; por suerte, me abstuve de tamaña intromisión —poco delicado sería interrumpir de súbito su descanso; además: ¿quién asegura que no reaccionaría histérico, haciendo uno de sus clásicos berrinches?—. De modo que es preferible dejarlo a pierna suelta en su sofá. Quizás al día siguiente, ya distendido, estimulado por un opíparo desayuno o por los recuerdos de un excitante sueño, en fin, con otra disposición anímica, daría con la resolución de su historia, lo que, por otra parte, me libraría de angustias, pues también tendría yo el final de la mía.

jueves, 12 de febrero de 2015

Se llamaba Simón, y era mi amigo


Nunca supe cuál era tu apellido, quizás alguna vez te lo pregunté; acaso lo mencionarías cuando hablabas de tu infancia, de Táchira, de Caracas, pero no lo recuerdo: a decir verdad, poco importa, bastaba conque fueras Simón, el de la fotocopiadora. Guardo como recuerdo de la última vez que nos vimos tu sonrisa contagiosa y chispeante, aderezada con la picardía de uno de tus traviesos comentarios (tranquilo, amigo, no lo contaré). Tu oficio de operador de fotocopiadoras era una circunstancia, un accidente, tu modo de agenciarte el diario sustento; quienes lográbamos franquear ese nivel primario de tu vivir, sabíamos que eras en realidad un poeta de la irreverencia, un hombre inconforme con las medianías y los retaceos de nuestro mundillo intelectual. Eso sí: nunca en clave de queja, siempre de reflexión. No tenías prendas académicas que exhibir, tus borlas eran la lectura desenfadada, abarcadora, bellamente desordenada, y una insaciable pulsión dialógica. ¿Cómo le hacías, amigo, para vagabundear así de la teoría política al cuento fantástico, de la historia fabulada al drama romántico, de la ciencia al dicho popular, del cine mexicano al poema surrealista? Soltabas por igual citas de Octavio Paz que de Blas Bruni Celli, te paseabas goloso por García Márquez, Herrera Luque, Gallegos, Guillermo Morón, Flaubert, Manuel Caballero, Ramón J. Velásquez, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Domingo Alberto Rangel. «Aquí tengo este libro que el profesor Pablo Arroyo me pidió que le prestara», me dijiste esa tarde, esgrimiendo de un recoveco de tu guarida de tunner Las revoluciones burguesas, de Eric Hobsbawm. Charlábamos, recuerdo, sobre las obras materiales del gobierno de Cipriano Castro que nadie mencionaba, del racismo y la hispanofilia de Rufino Blanco Fombona —cómo reías—, de Unamuno, del inveterado despelote en la universidad. Un cafecito del maracucho, —la pausa para estirar las piernas y atenuar la modorra vespertina—, un chistecito caraqueño, y hete ahí, de nuevo sonriente, parsimonioso tras el mostrador, presto a despachar al cliente de rutina, o, con un poco de suerte, tramar una de tus ricas tertulias con un Pablo Arroyo, un William Arias, un Taylor Rodríguez, un Sergio Figallo, un Carlos Vale. 
Hace unos días estuve en la universidad Simón Rodríguez y me enteré de que nos habías dejado el 17 de enero. ¡Qué broma, chico, tú siempre burlándote de los amigos, me dijiste que seguiríamos deshuesando el gobierno de don Cipriano! Quienes conocimos al verdadero Simón —no al de las planillas para los censos de materias, las fotocopias ampliadas o los marcadores acrílicos—, al otro, al irreverente, sabemos a quien perdimos. Se te echará de menos, amigo, y mucho.