―¿Ya cantaron el himno? ―preguntó como posesa, sin expresión, sin mirarme.
―Sí ―dije, amortiguando la sílaba.
No sabía si darle el pésame o entrar a hablar de cuestiones del trabajo, pero ella se adelantó contándome lo bello que había sido el funeral de su mamá, con toda esa gente de los alrededores del pueblecito llevándole flores, cantándole. La querían mucho. Sin darme cuenta entramos a despellejar al director, a la subdirectora, a una decena de maestras, a tres obreros, dos secretarias, el portero, la presidenta de la Asociación de padres y representantes, al mensajero, a los diputados que promulgaron tan nefandas leyes... Fue un juicio sumarísimo: por inconscientes, desalmados, indolentes, malos hijos, inhumanos, crueles. Ella conoció la gallarda defensa que hice de su sufrimiento, los insultos que cambié con el director cuando supe que la estaba presionando para que se reincorporara, los comentarios que escribí en el Twitter del ministerio de educación. Tres minutos antes de las ocho, listos ya para buscar a los niños con los que nos tocaba trabajar, y cuando creía cancelado el doloroso tema, dijo, esgrimiendo su Blackberry:
―¿Te he hablado de la hacienda de mi mamá, de los caballos, de las casitas del campo, del camino de flores? Mira estas fotos:
Foto 1: Marissa sonreía al lado de sus tres hermanas, circuidas de caléndulas amarillas; foto 2: Marissa, cerveza en mano, montaba a caballo con su hijo; foto 3: Marissa tocaba un cuatro mientras un tipo hacía el gesto de cantar; foto 4: Marissa se bañaba en la piscina de la finada; foto 5: Marissa bailaba con los primos, antes de la última noche... y así unas diez fotos más.
Me sentí tan estúpido, que lo único que atiné a decirle fue:
―¡Ah, bueno, pues... pinéame la foto de tu mamá muerta!
―y me fui a trabajar.