lunes, 26 de enero de 2015

Números


El 10724 no esperó; el 2987, en cambio, sí aguardó disciplinado la luz verde. Hay dos frente a la panadería: el 345 y el 9800; corrijo, tres, el 6797 está llegando. Al otro lado de la calle, entre los ventorrillos de empanadas y chicharrones, está, muy dicharachero, el 2547. Me detengo justo en la esquina a tomarme un negrito y los veo desfilar en ambas direcciones de la calle: el 3456, el 678, el 544 ―algo desteñido―, el 567, la 2398, el 2222, el 456... «¿Quién tendrá el número 1?», me pregunto encestando el vasito plástico en la papelera. «El sistema te absorberá, serás un número y nada más», casi puedo oír la cantaleta anarquista de papá. En el estacionamiento de la escuelita está el 589. Ese es su lugar en el mundo, todas las mañanas. Basta, ―me digo―, prendo la moto y sí, ya sé, en este momento otro existente que ande como yo en tan peliagudas disquisiciones, dirá: «Hay va el 3678».

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