martes, 2 de septiembre de 2014

Notas sobre la imaginación (I)

Cuenta Montaigne de un hombre que, tres o cuatro días después de  haber ofrecido un banquete, para burlarse de sus invitados, dijo haberles servido empanadas de gato: la broma hizo mal a una muchacha, tanto, que acabó muriendo de un trastorno intestinal. «Nada extraño encuentro en que la imaginación dé fiebres y aun la muerte a quienes la dejan hacer y la aplauden [...] Es verosímil que el crédito principal de las visiones, encantos y otras cosas extraordinarias haya de atribuirse a la potencia de la imaginación [...] en materia de imaginación es menester obrar sobre un alma predispuesta. Por eso los médicos procuran hacer concebir a sus pacientes falsas promesas de curación, a efecto de que la imaginación supla la impostura de los emplastos [...] Las mismas bestias están sometidas a la imaginación, de lo que dan testimonio los perros que se dejan morir de pena cuando pierden a sus dueños» (Montaigne 1968, tomo I, pp. 61-69). Mueve a espanto al escritor francés el irresistible e impredecible poder de la imaginación: «De tal modo me impresiona, que procuro huir de ella por imposibilidad de resistirla».
Imprudente, acechante, indócil, puede la imaginación horadar los muros del convento y turbar al más sosegado espíritu en la mismísima hora de la oración, produciendo gran ruido en la cabeza, donde «está lo superior del alma».  Santa Teresa de Jesús, víctima dilectísima de tan inoportunos delirios, ya vencida, aconseja a sus hermanas de fe que «no os traiga inquietas y afligidas, sino que dejemos andar esta tarabilla de molino y molamos nuestra harina, no dejando de obrar la voluntad y entendimiento» (Moradas 4, 13). A fin de cuentas, afirma pesarosa, no es culpa del alma sino del demonio y, claro está, de la «flaca imaginación», tormento del cristiano. ¿No fue acaso por imaginarse Dios, sabedor del bien y del mal, que tomó Eva el fruto del árbol prohibido? Así pues, la desbridada imaginación lleva consigo la mancha del pecado original.  «No se haga caso de ella más que de un loco sino dejarla con su tema», añade la santa.



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