Para Marialcira Matute
Este
relato, encuadrable sin apelación entre aquellas materializaciones propias de
un incorregible y promiscuo diletantismo escriturario, ayuno de oficio, naif, si nos atenemos a los rigurosos cánones
de la preceptiva literaria, no será
leído ni en la V ni en la VI ni en la VII ni en ninguna de las entregas anuales
de la Semana de la Nueva Narrativa Urbana de Chacao. Nadie verá en Facebook o en Prodavinci o en
ficcionbreve.org o en la revista digital Panfletonegro o en Letralia; ni leerá tampoco
en El Nacional ni en las vallas o afiches del bulevar de Sabana Grande,
este mensaje publicitario: «Hoy miércoles, a las 7 pm, el novel escritor Orlando
Yedra compartirá con los ciudadanos de Chacao uno de sus productos estéticos mejor
logrados. Narración portentosa, riqueza temática, fino manejo de la técnica,
prosa limpia y envolvente, y una desmesurada imaginación, son las notas que
configuran su agraciado narrar». Menos aún escribirá César Miguel Rondón esta
reseña: «Estamos en presencia de una grata como oportuna revelación, de esas
que alinderan los procesos históricos ―entiéndase, en este caso, de la
historiografía literaria― en un antes y un después. Desde la aparición dichosa de
Fedosy Santaella y Salvador Fleján, en 2006, año primicial de este certamen, los
cimientos de mi humanidad no habían sido quebrantados así por un bisoño
fabulador, como pasa ahora. Bienvenido, Orlando, al constelado universo de
jóvenes narradores de la Venezuela esperanzada, progresista». ¿Quién puede creer que Héctor Torres, Judit
Gerendas o Mario Morenza se disputarían el privilegio de albriciar la nueva voz
mediante un enjundioso examen crítico? ¿En qué mente cabe que Puntocero, Alfa,
Equinoccio, Mondadori, Bid & Co., Alfaguara o Planeta, harían dispendiosos
ofrecimientos al aventajado contador de esta historia para lanzarlo, de una vez
y para siempre, al éxito de las tapas duras, las ediciones bilingües y las presentaciones exquisitas, con orquestas
de cámara, cupcakes y prensa internacional incluidas? «Biblioteca Orlando
Yedra», suena bien, carajo, «presenta la primera novela del autor del bestseller “De por qué este relato no será leído en la
Semana de la Nueva Narrativa Urbana de Chacao”. Entradas a la venta en todos
los Sambil del país». Habría que ser muy optimista para creer que me tocaría,
justo a mí, ser el jurado mejor cotizado de cuanto concurso narrativo serio se
convoca en Venezuela (Huelga decir que la índole de serio excluye naturalmente a
los certámenes literarios patrocinados por el Estado y sus tributarios
regionales y locales, por viciados, tendenciosos y adoctrinantes). Claro, jurado
después de haberlos ganado todos. Pero no, qué va, este relato no ganará el
Concurso de la Policlínica Metropolitana para Autores Jóvenes ―aún califico por
edad, advierto―, así como tampoco el Concurso Nacional de Cuentos de SACVEN. ¿Y el Concurso Anual de Cuentos del diario El Nacional?: ni hablar.
Me eché un traguito de Coca-Cola light, me
froté las manos para aliviarlas de sudor, y maquinalmente tomé el paral del
micrófono:
Razones
hay, y de sobra, para creer que este
relato nunca será leído en la Semana de la Nueva Narrativa Urbana de Chacao. Paso
a exponerlas. Primero: quien escribe, corrijo, quien estas cuartillas
garrapatea, no egresó de la Escuela de Letras de la UCV ni sorbió de la empinada
literatura que mora en las aulas de la UCAB. Como sospechará el lector bastante
ocioso y el oyente asaz supliciado, ¿autoflagelación inminente?, no tengo
cartón universitario, y, sí, he trabajado con mis manos en lo que llevo de
vida. A buen seguro, la señora de sombrilla amacigada que degusta ese mocachino
de Nescafé, y en este momento se hace la desentendida; pero sí, es usted a
quien me refiero, pensará que hasta caletero o gandolero he sido, y ¿a qué
engañarnos? He cargado muchos sacos de cemento y guacales en mi vida. De esto
se sigue, de mi fugaz como precaria academia, que escriba tan mal. Segundo: mis
personajes, por la misma razón acaso, no son chamos riquitos que matan el
aburrimiento quemando marihuana, rayando las tarjetas de crédito de sus papis, y
fornicando ―válgame Dios― en un Round Robin
de fin de semestre de la Santa María; tampoco se la pasan subiendo fotos en Instagram de su heroica resistencia en
las carpas de la avenida Francisco Fajardo o en plaza Altamira, «por los
derechojumano, sabes, o sea, eso de los presos políticos y la libertá de espresión
y el regreso de RCTV, ¿me entiendes, marica?». Los personajes que animan mis
historias no cambian de carros como de pantaletas mi prima Ivana, ni tienen
yates o jets privados para pasar unas vacacioncitas, un respirito, en su cabaña
de Los Roques, ni apartamentos de tíos consentidores en la Florida de los
United States, pues no hablan inglés como primera, digo, como segunda lengua, ni
tienen cuentas en las Europas, ni
cotizan en la bolsa de valores, ni son dueños de purasangres exitosos, ni otra
ostentación condigna de las anteriores. En mis tramas no se desnuda la
irreversible corrupción social de ese organismo al que llamamos Venezuela, infestado
por la peste roja, diezmadora, agusanada... Yo no ficciono para aleccionar a
los bienpensantes del país y soliviantar adormecidas conciencias democráticas.
Como obvia derivación de lo anterior, en tercer lugar, soy suspecto de chabestia
chaburro marginal barrialero hez-social lumpen ignorante busca-la-vida;
conspicuo paladín, en suma, de las terroríficas hordas del chavismo. Pero, qué va,
si escribo mal ni modo, no importa que sea chavista, no es por eso. Escribo mal
y punto. Algún malévolo ciudadano, no afirmo que aquí los haya (empero, tampoco
me cierro a tal posibilidad), pensará, se dirá, cuchicheará «que este lo que
nos quiere es marear, hacerse el interesante, el irreverente, lucirse, es lo
que busca, para que nos digamos que somos demasiado prejuiciosos, que hay que
abrirse a otras expresiones narrativas». El de atrás le espetará a su
interlocutor: «Un payaso de cerro. Esos son los peores. Quieren que a uno le de
lástima y les de a probar migajas». Severo, añadiría: «Si no sirve, no sirve y ya».
¿Y por qué no imaginar ―en eso estamos― que la señora de la izquierda, pensaría,
o hasta soltaría: «Negros macacos. Ahora se creen escritores. Pura mierda
batida»? Aunque a la derecha alguien pudiera llamar a la cordura, a la cristiana
tolerancia: «Hay que escucharlo. También tienen derecho, y si queremos
construir un nuevo país, con ellos, con este, para algo hay que contar». En
fin, como mis personajes tiñen sus trapitos viejos con wikiwiki, toman panela
con limón, comen arepa con chicharrón y queso ‘e mano, juegan dominó, escuchan
rancheras de Antonio Aguilar y joropos recios de Armando Martínez; y son por lo
general perrocalienteros, buhoneros, rapiditeros, parrilleros, tostoneros,
heladeros, zanqueros, cirqueros, bodegueros, chicheros, empanaderos, quiosqueros,
zapateros, minuteros, pescadores, sombrereros, charleros, mecanógrafos, colectores,
gandoleros, buseteros, maestros de Misión Sucre, gestores, bedeles, albañiles,
policías o amoladores de cuchillos; y se levantan de madrugada y toman el bus
para ir a trabajar y caminan mucho para ahorrar, «ese ventilador, los árabes lo
deben tener más barato: no te atores»; se enamoran con mensajitos en la radio, «saludos
a la Cuchi Linda en El Cercado, de su novio Toño, que cuidado con una broma...
pide que le dediquemos “El osito dormilón”»; y se regalan cositas sencillas como
una tarjeta navideña que yo misma hice, tía, ¿si quieres, te enseño?, un
cochecito que íbamos a botar y a ti te puede servir para el niño, unas sandalias
que ya no uso, chama, ¿no te da pena, verdad?, ¡vas a estar con esa!, un
mondongo de chivo que le quedó bien bueno a la vieja, vecino, si quiere le pone limoncito, una manga
pintona de la mata de mi casa, mi amor, así como te gustan; no sé, yo creo, juraría
casi, que este relato no será leído en la Semana de la Nueva Narrativa Urbana
de Chacao. ¿Cuánto va a que compro el volumen antológico el próximo año y mi
cuento no está? Pues entonces: Chao, Chacao.
Así les dije, me zampé el último trago de Coca-Cola y me fui a la estación del Metro[1].
Así les dije, me zampé el último trago de Coca-Cola y me fui a la estación del Metro[1].
[1]
Un amigo me asegura, y a fe que sin malicia, que la Semana de la Nueva Narrativa
Urbana de Chacao no se realiza desde 2010, cuando cumplió su quinta edición. No
sé ―le
dije―, tengo mis dudas. Por tanto, puede que esto sea puro cuento.





