martes, 18 de febrero de 2014
La difícil misión de ser maestro...
El 1 de octubre de 1938, José Miguel Contreras asume la dirección de la Escuela José Tomás Zerpa, en Mucuchíes. Este poblado se ubica a unos 2800 metros de altitud. El frío es ingente, pues la temperatura media ronda los 11° C. Cuando llega al plantel se encuentra, a más de un recibimiento cordial, con un inquilino indeseado: un extraño efluvio habitando las aulas de la escuelita. Comienza a explorar en el origen del pertinaz tufo cuando repara en que los niños, so pretexto del frío, no gustan de bañarse. Al principio el maestro, valiéndose más de la persuasión que de la autoridad, instruía a los niños en la conveniencia de mantener una higiene adecuada. Así lo hace por unos días. No obstante, pese al diario sermón, los niños seguían remisos a encontrarse con el agua. Una mañana (después de cumplido el protocolo de la entrada), Contreras invitó a los muchachos a un paseo. Animados como estaban los alumnos por la aventura que se prometía no dudaron en seguir al joven maestro. Si hay algo que no falta en estos páramos es una quebrada. Llegados a una, el maestro, sin mediar palabra, se despojó de su traje y entró al agua, convidando, eso sí, a los niños a repetir el gesto. Así, uno a uno, se fueron metiendo a la quebrada y ni el más remolón quedó ese día sin bañarse. Esta escena sería repetida diariamente hasta que Contreras se hubo asegurado de la extinción del tufo.
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