a Jofre Aguilera
Con una cerveza en la mano izquierda y el control del televisor en la derecha, Ernesto se arrellana en su sofá para ver La rueda de la fortuna. Está solo en casa, como le gusta. Tres minutos y dos sorbos después de haber comenzado, la señal se interrumpe…chizzzz…un segundo. Cuando vuelve, Ernesto se ve a sí mismo en la pantalla del televisor. Por un momento queda paralizado, sin saber qué ocurre. No hay cámaras de video en casa. Reacciona maquinalmente, intentando cambiar de canal, sin perder de vista la imagen, su imagen. El control no responde. Presionando con menos convicción, le da por detallar sus rasgos en el televisor. No sabía que estaba tan gordo, ni que había perdido todo ese cabello. Contempla su rostro grasiento, imperfecto, con una barba canosa que delata descuido. Entrecierra los miopes ojos para escrutar su nariz, cuando una visión lo sacude. Voltea hacia atrás. No hay nadie. Vuelve a mirar la televisión, y lo ve. Un hombre se acerca lentamente por detrás de su imagen congelada en la pantalla. Pone su mano derecha en el hombro derecho de Ernesto. Este mira otra vez hacia atrás, y no ve nada. El hombre, fingidamente distraído, de pronto mira a Ernesto, que derrama la cerveza. En vano presiona los botones del control. Lo tira, abalanzándose sobre el aparato, para intentar apagarlo manualmente. Lo sacude, lo golpea. Es inútil. Cae de rodillas cuando ve que el tipo saca de su chaqueta una reluciente cuerda de alambre. Con morbosa sonrisa la tiempla. Ernesto, sin saber por qué, se queda mirando la pantalla. ¿Acaso siente lástima de su propia indefensión? Sus pulmones se constriñen cuando el otro pone la cuerda alrededor del cuello de su imagen. Como último recurso, a gatas, hala el cable de la energía, justo cuando aquel cierra la cuerda en su cuello. El televisor se apaga. La policía lo consideró un crimen pasional.
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