domingo, 1 de septiembre de 2013

Cinco minutos



CINCO MINUTOS
            29 de octubre de 1901, Auburn, estado de Nueva York.
7:11 am. “¡Pobre papá!, ojalá Waldeck logre tranquilizarlo, no quisiera estar en el lugar de mi hermano. Nunca ha sido fácil lidiar con el viejo, es un hombre tan nervioso, fácil de impresionar, sentimental”, piensa Fred serenamente. Su papá no quiso entrar a la sala. Un  hombre gordo da la señal.
7:12 am. Waldeck siente cómo sus piernas tiemblan. Estruja los dedos de los pies contra el suelo con tanta fuerza que pareciera fracturarlos. Alza levemente sus rodillas, sin dejar de mirar, ni un solo momento, como había prometido. “Ya falta menos,  por Dios, falta menos”. Recuerda cómo su papá, con extraño afán, miraba en la prensa, una semana entera, los reportes de la salud del presidente, deseando leer algún indicio de mejoría. El 14 de septiembre se esfumó toda esperanza. Los pies de Waldeck descansan, al fin, sobre el suelo, quietos, anestesiados.
7:13 am. Thomas, el cuñado, palmea la pierna derecha de Waldeck, tres veces, hasta que posa su mano en ella. “¡Maldito anarquista!, exclama entre dientes uno de los invitados, un hombre de barba cana, recortada, de unos cincuenta años, a su vecino de silla, de chaqueta negra, abotonada. Fred en cambio lleva su chaqueta gris con el cuello abierto. Thomas siente una segunda sacudida en la pierna de Waldeck. ¡Sabes que él nunca tuvo miedo!, le susurra. ¡Siempre tan terco, el muy desgraciado!, agrega, ¿Por qué esperaban que se arrepintiera? Waldeck siente que sus pies descansan de nuevo.
7:14 am. “Veremos qué tal es este Roosevelt”, dice un hombre detrás de Waldeck. Le duelen los músculos de sus piernas.
7:15 am. Un último temblor lo sacude ahora, más suave, vencido, entregado, sin embargo. Ya no habrá más; se acabó. “¿Papá?”, dice Waldeck, levantándose del asiento, sin esperar a que retiren los electrodos al cadáver de su hermano, León Czolgoz, alias Fred Nieman, el asesino de McKinley.
P.S. “Yo le disparé al presidente porque pensé que sería beneficioso para la gente buena, la gente trabajadora No me arrepiento de mi crimen. Siento mucho no poder ver a mi padre. Eso es todo”, fueron sus últimas palabras, apunta el periodista del Daily Tribune.  


No hay comentarios:

Publicar un comentario