CINCO
MINUTOS
29
de octubre de 1901, Auburn, estado de Nueva York.
7:11 am. “¡Pobre papá!, ojalá Waldeck
logre tranquilizarlo, no quisiera estar en el lugar de mi hermano. Nunca ha
sido fácil lidiar con el viejo, es un hombre tan nervioso, fácil de
impresionar, sentimental”, piensa Fred serenamente. Su papá no quiso entrar a
la sala. Un hombre gordo da la señal.
7:12 am. Waldeck siente cómo sus piernas
tiemblan. Estruja los dedos de los pies contra el suelo con tanta fuerza que
pareciera fracturarlos. Alza levemente sus rodillas, sin dejar de mirar, ni un
solo momento, como había prometido. “Ya falta menos, por Dios, falta menos”. Recuerda cómo su papá,
con extraño afán, miraba en la prensa, una semana entera, los reportes de la
salud del presidente, deseando leer algún indicio de mejoría. El 14 de
septiembre se esfumó toda esperanza. Los pies de Waldeck descansan, al fin,
sobre el suelo, quietos, anestesiados.
7:13 am. Thomas, el cuñado, palmea la
pierna derecha de Waldeck, tres veces, hasta que posa su mano en ella. “¡Maldito
anarquista!, exclama entre dientes uno de los invitados, un hombre de barba
cana, recortada, de unos cincuenta años, a su vecino de silla, de chaqueta
negra, abotonada. Fred en cambio lleva su chaqueta gris con el cuello abierto. Thomas
siente una segunda sacudida en la pierna de Waldeck. ¡Sabes que él nunca tuvo
miedo!, le susurra. ¡Siempre tan terco, el muy desgraciado!, agrega, ¿Por qué
esperaban que se arrepintiera? Waldeck siente que sus pies descansan de nuevo.
7:14 am. “Veremos qué tal es este
Roosevelt”, dice un hombre detrás de Waldeck. Le duelen los músculos de sus
piernas.
7:15 am. Un último temblor lo sacude
ahora, más suave, vencido, entregado, sin embargo. Ya no habrá más; se acabó. “¿Papá?”,
dice Waldeck, levantándose del asiento, sin esperar a que retiren los
electrodos al cadáver de su hermano, León Czolgoz, alias Fred Nieman, el
asesino de McKinley.
P.S. “Yo
le disparé al presidente porque pensé que sería beneficioso para la gente
buena, la gente trabajadora No me arrepiento de mi crimen. Siento mucho no
poder ver a mi padre. Eso es todo”, fueron sus últimas palabras, apunta el
periodista del Daily Tribune.
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