miércoles, 29 de mayo de 2013

Un joven academo


Luego de la gimnasia y el akratismós ―hoy pan de trigo humedecido en vino con queso y aceitunas―, el mozo parte hacia la Academia. Anda muy animado, y se nota en su andar: es día de ejercicios retóricos. Ammonio, su maestro, lo tiene por el más aventajado discípulo. Desde que llegó a la Academia ateniense el chico ha demostrado estar bien dotado para la filosofía y la historia, no desluce en matemáticas, pero, sobre todo, despunta por su facilidad en el discurso. Es un formidable orador, inteligente, apabullador en el elogio, fulminante escarneciendo. Cuando combina el encomio con el vituperio, el gozo del bisoño rétor frisa el éxtasis. Ammonio, que ve la ansiedad en su alumno, le asigna su primer ejercicio del día. Plutarco, el de Queronea, come una aceituna más, que guardó en el zurrón, antes de  explayarse en su verbo. 

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